Realmente es importante

¿Habéis visto la película "Up"? 

Para aquellos que no, este post puede contener "spoilers", así que os recomiendo ir a ver la peli, será hora y media de vuestro tiempo muy bien aprovechada y volver luego a seguir leyendo. 

¿Ya? Pues seguimos. En un post anterior "Un regalo para toda la vida" trataba de explicar por qué las fotografías son importantes. Por qué es necesario que las hagamos, y por qué las tratamos como auténticos tesoros. Ya sabemos que más que acumular objetos, lo que nos hace más felices es acumular experiencias. Y qué mejor manera de atesorar esas experiencias que en fotografías. Y si no, comprobadlo en esta escena clave de la película "Up". 

Carl, en su momento más bajo de la peli, cuando ha perdido el sentido de su "aventura", recoge el álbum de recortes de Ellie. En ese álbum descubre las fotografías de los dos a lo largo de sus vida en conjunto. Ahí, precisamente a través de esas fotos se da cuenta de que su gran aventura a sido su vida junto a Ellie. Precisamente, a través de ese resumen vital que proporcionan las fotografías comprende lo valioso de sus vidas. Esas fotos son el elemento clave para entenderlo. 

Por eso, las fotografías realmente importan. 

Ps. Ojo, coged la caja de pañuelos antes de ver el video...

La Luz, vaya juego...

Atrapar la luz, en eso consiste la fotografía. La fotografía es luz, luz incidente, y luz reflejada, no hay otro lenguaje en una foto que no sea luz grabada a golpe de pixel o de nitrato de plata. Piensa en ello, cualquier color o forma, son simplemente ondas de luz reflejadas que llegas a percibir. Así de sencillo. 

Si quieres aprender a fotografiar, la clave está en la luz. Técnicamente saber entender la luz, cómo controlar exactamente la que quieres dejar pasar por tu lente, o cómo usarla en tu beneficio es exactamente aprender a fotografiar. Pero más allá de la parte técnica, entre fotógrafos existe una verdadera afición a "mirar la luz", a encontrar nuevas fuentes de ella, o a registrar mentalmente cualquier reflejo o luminosidad, aunque la cámara esté descansando en casa y vayas por la calle, o estés en un café entre amigos.., o simplemente subiendo un ascensor. En eso consiste, en estar ahí, en un simple ascensor, y que se te acelere el pulso cuando descubres el potencial de juego que tienen las decenas de focos que han instalado entre la superficie metálica.  Descubrir esa luz nueva y memorizarla para poder usarla más adelante, o intentar reproducirla en otro lado es la verdadera deformación profesional de un fotógrafo. 

Cuando contacté con Macarena para hacer unas fotos y ella aceptó mi propuesta, la idea de utilizar un ascensor como lugar de sesión podría sonar un poco raro. El truco es hacer una propuesta más amplia para hacerla atractiva, un lugar mítico de la ciudad de Sevilla nos podría valer. Pero ese ascensor... 

Y para que funcione, añade a eso la gran actitud de Macarena para posar delante de la cámara..., ¡y paciencia para que no haya nadie más que vaya a usar el ascensor!

Pero ahí no quedó la cosa, con Macarena aprovechamos también también esa suerte de luz que aparece de repente y se pueden utilizar para crear formas sobre las que ella ya traía de casa. 

¡Y ya lo tienes, sin duda en este caso, un trabajo de altura!

En conclusión, aprende a ver la luz, diviértete jugando con ella, y tendrás gran parte del trabajo a tu favor.  

 

Un regalo para toda la vida

Hacer una fotografía no es simplemente una fotografía. Y regalar una sesión de fotos es mucho más que regalar unas fotos. 

Piensa en ello. En el hipotético caso de que tu casa saliera ardiendo y tuvieras que coger algo al vuelo que llevarte, ¿qué sería? A día de hoy, la respuesta probablemente para muchos sería el móvil (puede que algunos se decantaran por la PlayStation, o por la colección de... ¿sellos…? también), pero en mitad de las llamas, probablemente todos intentaríamos tener una mano libre para agarrar algún álbum de fotos. Eso estaría entre lo más importante, las fotografías. Incluso puede que aquellos que agarraran el móvil, o el portátil a toda prisa lo hicieran por salvar los archivos fotográficos allí presentes. 

Las fotos, las de toda la vida, las del fin de semana pasado, las de tus primos jugando contigo en casa de tus abuelos, o incluso las de tu ex-pareja. Todas importan, porque ninguna nos deja indiferente. Por suerte, seamos más o menos melancólicos, por el hecho de recordar somos seres conectados a nuestra historia, y nada nos transporta mejor a nuestra propia historia que las fotografías. Gracias a esas fotografías podemos hacer ese click mental que nos transporta a las vacaciones de hace cinco veranos, o diez veranos, o las que pasaste en Nerja de niño y de las que apenas tienes consciencia. Precisamente, de entre todas, las fotos de nuestra propia infancia tienen algo particularmente excitante, porque nos vemos allí, con nuestros amigos, padres o hermanos sin apenas reconocernos. Esas fotos quizás son el legado más fantástico que podemos tener de un tiempo que no recordamos, porque nos muestran y nos conectan la realidad de la que provenimos. Probablemente, tener unas buenas fotos de tu propia infancia es uno de los objetos que más podremos agradecer a nuestra padres. Ciertamente, no creo que puedas permanecer indiferente al ver las fotos de tu madre cuando estuvo embarazada de ti. Es lo más cercano a contarte tu propia historia, y poder tener las huellas que te confirmen que estuviste en ella. 

Por eso, las fotos de Elena embarazada en la playa de Zahara son más que un regalo para ella. Son el primer recuerdo, el primer regalo para toda la vida que David y Elena le van a hacer a su pequeña Lola, (o Noa que aún no se deciden…). 

 

Con las viejas puntas

Si tuviera que escoger un consejo sobre todos los que he podido integrar (habré escuchado muchos, hecho caso probablemente a menos de los que debería) sería "Conoce tus límites y déjate caer sobre ellos para estirarlos".

Somos seres que de manera obvia tratamos de refugiarnos en nuestra propia zona de confort. La que generamos con lo que conocemos, con nuestras rutinas, con el espacio y las actividades con las que nos sentimos cómodos. Cuando dominamos una técnica fotográfica, o hacemos las fotos como hemos aprendido, podemos, en efecto, sentirnos satisfechos con el trabajo realizado, bien hecho, sin mayor complicación. Y sin embargo ese refugio seguro nos acaba limitando el proceso creativo por hacerse repetitivo, ahogando la motivación y la adrenalina que brota al conseguir superar un reto, algo que no se había hecho con anterioridad. Todos tenemos nuestra zona de confort, y todos establecemos las líneas rojas, esos límites que nos ponemos y que nos cuesta atravesar. No hay mayor subidón de estímulo creativo cuando te lanzas tu propio reto con el objetivo de estirar esos límites.

 

Cuando contacté con Lyli para hacer una sesión de fotos, la única experiencia que había tenido con la danza (aparte de quedarme boquiabierto observando a bailarines practicar su arte) se limitaba a un taller fotográfico de estudio. Lyli primero me pidió que me desplazara a otra ciudad, fuera de los escenarios que conozco y que tenía ya en mente. Y cuando quedé con ella y le sugerí que ella tomara la iniciativa de los movimientos y poses, su respuesta fue que en sus anteriores sesiones el fotógrafo conocía las figuras de ballet y se las proponían. El reto estaba servido, y mi entusiasmo de niño con zapatos nuevos iba en aumento cada vez que ella se colocaba sus viejas zapatillas de punta. Después de dos horas de fotografía haciendo algo distinto corroboré una nueva vocación, la fotografía de danza, y la satisfacción de poder haber hecho un buen trabajo.

 

Lyli, que no se me olvide, también podría dar un par de consejos sobre cómo pegarle una patada a tus limites..., ¡y vaya patada podría dar! Desde muy pequeña, esforzándose intensamente en el conservatorio, varios años fuera de casa becada en Londres, y una operación de tobillo que la ha dejado en dique seco durante casi un año y que ha conseguido superar completamente.

Que no pare la música, y que siga reventando zapatillas de punta.

En familia

Fotografiar a tres personas a la vez nunca es tarea sencilla. Fotografiar a tres, y que una de esas personas sea un alegre pequeñajo de dos años y pico, lo puede complicar aún más. Y sin embargo nada lo hace más sencillo que olvidarte de que son tres personas, cada una con su manera de relacionarse con la cámara, y retratarlos como lo que son, una única familia. Y lo mejor, como me pasó en este caso con Laura, Juan y Alfonso es que los conozcas como si de hecho fueran tu propia familia. Haciéndoles este álbum de familia he tenido la suerte de poder unir fácilmente el respeto y el tacto que hay que tener como fotógrafo con la conexión especial que hay que crear con ellos, porque todo ello ya venía ya de antes. Ambos aspectos son esenciales cuando te dejan entrar en la intimidad de sus propios lazos familiares, esos mismos que escrutas yendo detrás de la imagen que mejor lo represente.  Con Laura, Alfonso y Juan estaba convencido de que todo d todo iría genial.

 

El resultado aquí está.

Abriendo una página web

¿Por qué abrir una página web sobre mi fotografía? Sobre fotografía en general. ¿Por qué rellenarla con un blog? A estas alturas sobretodo, tras años tomando fotos, estudiando, editando, componiendo...